Daniel
Goleman
Inteligencia
Emocional
PARTE
I 8
EL
CEREBRO EMOCIONAL 8
PARTE
II 25
LA
NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL 25
PARTE
III 85
INTELIGENCIA
EMOCIONAL APLICADA 85
PARTE
IV 121
UNA
PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD 121
PARTE
V 146
LA
ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL 146
EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES
Cualquiera
puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.
Aristóteles,
Ética a Nicómaco.
Era una bochornosa tarde de agosto en
la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen que
la gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a
mi hotel, tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al
vehículo, me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un
hombre de raza negra de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una
sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso «¡Hola! ¿Cómo
está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que
subían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el
denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los
pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante clima
del día parecía afectarles hasta el punto de que muy pocos le
devolvían el saludo.
No obstante, a medida que el autobús
reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo
lugar una lenta y mágica transformación. El conductor inició, en
voz alta, un diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros,
en el que iba comentando generosamente las escenas que desfilaban
ante nuestros ojos: rebajas en esos grandes almacenes, una hermosa
exposición en aquel museo y qué decir de la película recién
estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente
satisfacción que le producía hablarnos de las múltiples
alternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un
pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del vehículo,
parecía haberse sacudido de encima el halo de irritación con el que
subiera y, cuando el conductor le despedía con un «¡Hasta la
vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abierta
sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha
permanecido conmigo durante casi veinte años. Aquel día acababa de
doctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba
poca o ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas
transformaciones.
La ciencia psicológica sabía muy
poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción.
Y, a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el conductor de
aquel autobús era el epicentro de una contagiosa oleada de buenos
sentimientos que, a traves de sus pasajeros, se extendía por toda la
ciudad. Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago
que tenía el poder de conjurar el nerviosismo y el mal humor que
atenazaban a sus pasajeros, ablandando y abriendo un poco sus
corazones.
Veamos ahora el marcado contraste que
nos ofrecen algunas noticias recogidas en los periódicos de la
última semana:
En una escuela local, un niño de
nueve años, aquejado de un acceso de violencia porque unos
compañeros de tercer curso le habían llamado «mocoso», vertió
pintura sobre pupitres, ordenadores e impresoras y destruyó un
automóvil que se hallaba estacionado en el aparcamiento.
Ocho jóvenes resultan heridos a causa
de un incidente ocurrido cuando una multitud de adolescentes se
apiñaban en la puerta de entrada de un club de rap de Manhattan. El
incidente, que se inició con una serie de empujones, llevó a uno de
los implicados a disparar sobre la multitud con un revólver de
calibre 38. El periodista subraya el aumento alarmante de estas
reacciones desproporcionadas ante situaciones nimias que se
interpretan como faltas de respeto.
Según un informe, el cincuenta y
siete por ciento de los asesinatos de menores de doce años fueron
cometidos por sus padres o padrastros. En casi la mitad de los casos,
los padres trataron de justificar su conducta aduciendo que «lo
único que deseaban era castigar al pequeño». Cuya falta, la
mayoría de las veces, había consistido en una «infracción» tan
grave como ponerse delante del televisor, gritar o ensuciar los
pañales.
Un joven alemán es juzgado por
provocar un incendio que terminó con la vida de cinco mujeres y
niñas de origen turco mientras éstas dormían. El joven, integrante
de un grupo neonazi, trató de disculpar su conducta aludiendo a su
inestabilidad laboral, a sus problemas con el alcohol y a su creencia
de que los culpables de su mala fortuna eran los extranjeros. Y, con
un hilo de voz apenas audible, concluyó su declaración diciendo «Me
arrepentiré toda la vida. Estoy profundamente avergonzado de lo que
hicimos».
A diario, los periódicos nos acosan
con noticias que hablan del aumento de la inseguridad y de la
degradación de la vida ciudadana. Fruto de una irrupción
descontrolada de los impulsos.
Pero este tipo de noticias simplemente
nos devuelve la imagen ampliada de la creciente pérdida de control
sobre las emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas
de quienes nos rodean. Nadie permanece a salvo de esta marea errática
de arrebatos y arrepentimientos que, de una manera u otra, acaba
salpicando toda nuestra vida.
En la última década hemos asistido a
un bombardeo constante de este tipo de noticias que constituye el
fiel reflejo de nuestro grado de torpeza emocional, de nuestra
desesperación y de la insensatez de nuestra familia, de nuestra
comunidad y, en suma, de toda nuestra sociedad. Estos años
constituyen la apretada crónica de la rabia y la desesperación
galopantes que bullen en la callada soledad de unos niños cuya madre
trabajadora los deja con la televisión como única niñera, en el
sufrimiento de los niños abandonados, descuidados o que han sido
víctimas de abusos sexuales y en la mezquina intimidad de la
violencia conyugal. Este malestar emocional también es el causante
del alarmante incremento de la depresión en todo el mundo y de las
secuelas que lo deja tras de sí la inquietante oleada de la
violencia: escolares armados, accidentes automovilísticos que
terminan a tiros, parados resentidos que masacran a sus antiguos
compañeros de trabajo, etcétera. Abuso emocional, heridas de bala y
estrés postraumático son expresiones que han llegado a formar parte
del léxico familiar de la última década, al igual que el moderno
cambio de eslogan desde el jovial «¡Que tenga un buen día!» a la
suspicacia del «¡Hazme tener un buen día!».
Este libro constituye una guía para
dar sentido a lo aparentemente absurdo. En mi trabajo como psicólogo
y —en la última década— como periodista del New York Times, he
tenido la oportunidad de asistir a la evolución de nuestra
comprensión científica del dominio de lo irracional. Desde esta
privilegiada posición he podido constatar la existencia de dos
tendencias contrapuestas, una que refleja la creciente calamidad de
nuestra vida emocional y la otra que nos parece brindarnos algunas
soluciones sumamente esperanzadoras.
¿POR QUÉ ESTA INVESTIGACION AHORA?
A pesar de la abundancia de malas
noticias, durante la última década hemos asistido a una eclosión
sin precedentes de investigaciones científicas sobre la emoción,
uno de cuyos ejemplos más elocuentes ha sido el poder llegar a
vislumbrar el funcionamiento del cerebro gracias a la innovadora
tecnología del escáner cerebral. Estos nuevos medios tecnológicos
han desvelado por vez primera en la historia humana uno de los
misterios más profundos: el funcionamiento exacto de esa intrincada
masa de células mientras estamos pensando, sintiendo, imaginando o
soñando.
Este aporte de datos neurobiológicos
nos permite comprender con mayor claridad que nunca la manera en que
los centros emocionales del cerebro nos incitan a la rabia o al
llanto, el modo en que sus regiones más arcaicas nos arrastran a la
guerra o al amor y la forma en que podemos canalizarlas hacia el bien
o hacia el mal.
Esta comprensión —desconocida hasta
hace muy poco— de la actividad emocional y de sus deficiencias pone
a nuestro alcance nuevas soluciones para remediar la crisis emocional
colectiva.
Para escribir este libro he tenido que
aguardar a que la cosecha de la ciencia fuera lo suficientemente
fructífera. Este conocimiento ha tardado tanto en llegar porque,
durante muchos años, la investigación ha soslayado el papel
desempeñado por los sentimientos en la vida mental, dejando que las
emociones fueran convirtiéndose en el gran continente inexplorado de
la psicología científica. Y todo este vacío ha propiciado la
aparición de un torrente de libros de autoayuda llenos de consejos
bien intencionados, aunque basados, en el mejor de los casos, en
opiniones clínicas con muy poco fundamento científico, si es que
poseen alguno. Pero hoy en día la ciencia se halla, por fin, en
condiciones de hablar con autoridad de las cuestiones más
apremiantes y contradictorias relativas a los aspectos más
irracionales del psiquismo y de cartografiar, con cierta precisión,
el corazón del ser humano.
Esta tarea constituye un auténtico
desafío para quienes suscriben una visión estrecha de la
inteligencia y aseguran que el CI (CI: coeficiente o cociente
intelectual) es un dato genético que no puede ser modificado por la
experiencia vital y que el destino de nuestras vidas se halla, en
buena medida, determinado por esta aptitud. Pero este argumento pasa
por alto una cuestión decisiva: ¿qué cambios podemos llevar a cabo
para que a nuestros hijos les vaya bien en la vida? ¿Qué factores
entran en juego, por ejemplo, cuando personas con un elevado CI no
saben qué hacer mientras que otras, con un modesto, o incluso con un
bajo CI, lo hacen sorprendentemente bien? Mi tesis es que esta
diferencia radica con mucha frecuencia en el conjunto de habilidades
que hemos dado en llamar inteligencia emocional, habilidades entre
las que destacan el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la
capacidad para motivarse a uno mismo. Y todas estas capacidades, como
podremos comprobar, pueden enseñarse a los niños, brindándoles así
la oportunidad de sacar el mejor rendimiento posible al potencial
intelectual que les haya correspondido en la lotería genética.
Más allá de esta posibilidad puede
entreverse un ineludible imperativo moral. Vivimos en una época en
la que el entramado de nuestra sociedad parece descomponerse
aceleradamente, una época en la que el egoísmo, la violencia y la
mezquindad espiritual parecen socavar la bondad de nuestra vida
colectiva. De ahí la importancia de la inteligencia emocional,
porque constituye el vínculo entre los sentimientos, el carácter y
los impulsos morales. Además, existe la creciente evidencia de que
las actitudes éticas fundamentales que adoptamos en la vida se
asientan en las capacidades emocionales subyacentes. Hay que tener en
cuenta que el impulso es el vehículo de la emoción y que la semilla
de todo impulso es un sentimiento expansivo que busca expresarse en
la acción. Podríamos decir que quienes se hallan a merced de sus
impulsos —quienes carecen de autocontrol— adolecen de una
deficiencia moral porque la capacidad de controlar los impulsos
constituye el fundamento mismo de la voluntad y del carácter.
Por el mismo motivo, la raíz del
altruismo radica en la empatía, en la habilidad para comprender las
emociones de los demás y es por ello por lo que la falta de
sensibilidad hacia las necesidades o la desesperación ajenas es una
muestra patente de falta de consideración. Y si existen dos
actitudes morales que nuestro tiempo necesita con urgencia son el autocontrol y el altruismo.
NUESTRO VIAJE
El presente libro constituye una guía para conocer todas esas visiones científicas sobre la emoción, un viaje cuyo objetivo es proporcionarnos una mejor comprensión de una de las facetas más desconcertantes de nuestra vida y del mundo que nos rodea.La meta de nuestro viaje consiste en llegar a comprender el significado —y el modo— de dotar de inteligencia a la emoción, una comprensión que, en sí misma, puede servirnos de gran ayuda, porque el hecho de tomar conciencia del dominio de los sentimientos puede tener un efecto similar al que provoca un observador en el mundo de la física cuántica, es decir, transformar el objeto de observación.Nuestro viaje se inicia en la primera parte con una revisión de los descubrimientos más recientes sobre la arquitectura emocional del cerebro que nos explica una de las coyunturas más desconcertantes de nuestra vida, aquélla en que nuestra razón se ve desbordada por el sentimiento. Llegar a comprender la interacción de las diferentes estructuras cerebrales que gobiernan nuestras iras y nuestros temores —o nuestras pasiones y nuestras alegrías— puede enseñarnos mucho sobre la forma en que aprendemos los hábitos emocionales que socavan nuestras mejores intenciones, así como también puede mostrarnos el mejor camino para llegar a dominar los impulsos emocionales más destructivos y frustrantes. Y, lo que es aún más importante, todos estos datos neurológicos dejan una puerta abierta a la posibilidad de modelar los hábitos emocionales de nuestros hijos.En la segunda parte, la siguiente parada importante de nuestro recorrido, examinaremos el papel que desempeñan los datos neurológicos en esa aptitud vital básica que denominamos inteligencia emocional, esa disposición que nos permite, por ejemplo, tomar las riendas de nuestros impulsos emocionales, comprender los sentimientos más profundos de nuestros semejantes, manejar amablemente nuestras relaciones o desarrollar lo que Aristóteles denominara la infrecuente capacidad de «enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto». (Aquellos lectores que no se sientan atraídos por los detalles neurológicos tal vez quieran comenzar el libro directamente por este capítulo).Este modelo ampliado de lo que significa «ser inteligente» otorga a las emociones un papel central en el conjunto de aptitudes necesarias para vivir. En la tercera parte examinamos algunas de las diferencias fundamentales originadas por este tipo de aptitudes: cómo pueden ayudarnos, por ejemplo, a cuidar nuestras relaciones más preciadas o cómo, por el contrario, su ausencia puede llegar a destruirlas; cómo las fuerzas económicas que modelan nuestra vida laboral están poniendo un énfasis sin precedentes en estimular la inteligencia emocional para alcanzar el éxito laboral; cómo las emociones tóxicas pueden llegar a ser tan peligrosas para nuestra salud física como fumar varios paquetes de tabaco al día y cómo, por último, el equilibrio emocional contribuye, por el contrario, a proteger nuestra salud y nuestro bienestar.La herencia genética nos ha dotado de un bagaje emocional que determina nuestro temperamento, pero los circuitos cerebrales implicados en la actividad emocional son tan extraordinariamente maleables que no podemos afirmar que el carácter determine nuestro destino. Como muestra la cuarta parte de nuestro libro, las lecciones emocionales que aprendimos en casa y en la escuela durante la niñez modelan estos circuitos emocionales tornándonos más aptos —o más ineptos— en el manejo de los principios que rigen la inteligencia emocional. En este sentido, la infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas.La quinta parte explora cuál es la suerte que aguarda a aquellas personas que, en su camino hacia la madurez, no logran controlar su mundo emocional y de qué modo las deficiencias de la inteligencia emocional aumentan el abanico de posibles riesgos, riesgos que van desde la depresión hasta una vida llena de violencia, pasando por los trastornos alimentarios y el abuso de las drogas.Esta parte también documenta extensamente los esfuerzos realizados en este sentido por ciertas escuelas pioneras que se dedican a enseñar a los niños las habilidades emocionales y sociales necesarias para mantener encarriladas sus vidas.El conjunto de datos más inquietantes de todo el libro tal vez sea el que nos habla de la investigación llevada a cabo entre padres y profesores y que demuestra el aumento de la tendencia en la presente generación infantil al aislamiento, la depresión, la ira, la falta de disciplina, el nerviosismo, la ansiedad, la impulsividad y la agresividad, un aumento, en suma, de los problemas emocionaleSi existe una solución, ésta debe pasar necesariamente, en mi opinión, por la forma en que preparamos a nuestros jóvenes para la vida. En la actualidad dejamos al azar la educación emocional de nuestros hijos con consecuencias más que desastrosas. Como ya he dicho, una posible solución consistiría en forjar una nueva visión acerca del papel que deben desempeñar las escuelas en la educación integral del estudiante, reconciliando en las aulas a la mente y al corazón. Nuestro viaje concluye con una visita a algunas escuelas innovadoras que tratan de enseñar a los niños los principios fundamentales de la inteligencia emocional. Quisiera imaginar que, algún día, la educación incluirá en su programa de estudios la enseñanza de habilidades tan esencialmente humanas como el autoconocimiento, el autocontrol, la empatía y el arte de escuchar, resolver conflictos y colaborar con los demás.En su Ética a Nicómaco. Aristóteles realiza una indagación filosófica sobre la virtud, el carácter y la felicidad, desafiándonos a gobernar inteligentemente nuestra vida emocional. Nuestras pasiones pueden abocar al fracaso con suma facilidad y. de hecho, así ocurre en multitud de ocasiones; pero cuando se hallan bien adiestradas, nos proporcionan sabiduría y sirven de guía a nuestros pensamientos, valores y supervivencia. Pero, como dijo Aristóteles, el problema no radica en las emociones en sí sino en su conveniencia y en la oportunidad de su expresión. La cuestión esencial es: ¿de qué modo podremos aportar más inteligencia a nuestras emociones, más civismo a nuestras calles y más afecto a nuestra vida social?
PARTE I
EL CEREBRO
EMOCIONAL
1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?
Sólo
se puede ver correctamente con el corazón; lo esencial permanece
invisible para el ojo.
Antoine
de Saint-Exupéry, El principito
Ahora, los últimos momentos de las
vidas de Gary y Mary Jane Chauncey, un matrimonio completamente
entregado a Andrea, su hija de once años, a quien una parálisis
cerebral terminó confinando a una silla de ruedas. Los Chauncey
viajaban en el tren anfibio que se precipitó a un río de la región
pantanosa de Louisiana después de que una barcaza chocara contra el
puente del ferrocarril y lo semidestruyera. Pensando exclusivamente
en su hija Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible por salvarla
mientras el tren iba sumergiéndose en el agua y se las arreglaron,
de algún modo, para sacarla a través de una ventanilla y ponerla a
salvo en manos del equipo de rescate. Instantes después, el vagón
terminó sumergiéndose en las profundidades y ambos perecieron. La
historia de Andrea, la historia de unos padres cuyo postrero acto de
heroísmo fue el de garantizar la supervivencia de su hija, refleja
unos instantes de un valor casi épico. No cabe la menor duda de que
este tipo de episodios se habrá repetido en innumerables ocasiones a
lo largo de la prehistoria y la historia de la humanidad, por no
mencionar las veces que habrá ocurrido algo similar en el dilatado
curso de la evolución. Desde el punto de vista de la biología
evolucionista, la autoinmolación parental está al servicio del
«éxito reproductivo» que supone transmitir los genes a las
generaciones futuras, pero considerado desde la perspectiva de unos
padres que deben tomar una decisión desesperada en una situación
limite, no existe más motivación que el amor.
Este ejemplar acto de heroísmo
parental, que nos permite comprender el poder y el objetivo de las
emociones, constituye un testimonio claro del papel desempeñado por
el amor altruista —y por cualquier otra emoción que sintamos— en
la vida de los seres humanos. De hecho, nuestros sentimientos,
nuestras aspiraciones y nuestros anhelos más profundos constituyen
puntos de referencia ineludibles y nuestra especie debe gran parte de
su existencia a la decisiva influencia de las emociones en los
asuntos humanos. El poder de las emociones es extraordinario, sólo
un amor poderoso —la urgencia por salvar al hijo amado, por
ejemplo— puede llevar a unos padres a ir más allá de su propio
instinto de supervivencia individual. Desde el punto de vista del
intelecto, se trata de un sacrificio indiscutiblemente irracional
pero, visto desde el corazón, constituye la única elección
posible.
Cuando los sociobiólogos buscan una
explicación al relevante papel que la evolución ha asignado a las
emociones en el psiquismo humano, no dudan en destacar la
preponderancia del corazón sobre la cabeza en los momentos realmente
cruciales. Son las emociones —afirman— las que nos permiten
afrontar situaciones demasiado difíciles —el riesgo, las pérdidas
irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo a pesar de
las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una
familia, etcétera— como para ser resueltas exclusivamente con el
intelecto. Cada emoción nos predispone de un modo diferente a la
acción; cada una de ellas nos señala una dirección que, en el
pasado, permitió resolver adecuadamente los innumerables desafíos a
que se ha visto sometida la existencia humana. En este sentido,
nuestro bagaje emocional tiene un extraordinario valor de
supervivencia y esta importancia se ve confirmada por el hecho de que
las emociones han terminado integrándose en el sistema nervioso en
forma de tendencias innatas y automáticas de nuestro corazón.
Cualquier concepción de la naturaleza
humana que soslaye el poder de las emociones pecará de una
lamentable miopía. De hecho, a la luz de las recientes pruebas que
nos ofrece la ciencia sobre el papel desempeñado por las emociones
en nuestra vida, hasta el mismo término homo sapiens —la especie
pensante— resulta un tanto equivoco. Todos sabemos por experiencia
propia que nuestras decisiones y nuestras acciones dependen tanto —y
a veces más— de nuestros sentimientos como de nuestros
pensamientos. Hemos sobrevalorado la importancia de los aspectos
puramente racionales (de todo lo que mide el CI) para la existencia
humana pero, para bien o para mal, en aquellos momentos en que nos
vemos arrastrados por las emociones, nuestra inteligencia se ve
francamente desbordada.
CUANDO LA PASION DESBORDA A LA RAZON
Fue una terrible tragedia. Matilda
Crabtree, una niña de catorce años, quería gastar una broma a sus
padres y se ocultó dentro de un armario para asustarles cuando
éstos, después de visitar a unos amigos, volvieran a casa pasada la
medianoche.
Pero Bobby Crabtree y su esposa creían
que Matilda iba a pasar la noche en casa de una amiga. Por ello
cuando, al regresar a su hogar, oyeron ruidos. Crabtree no dudó en
coger su pistola, dirigirse al dormitorio de Matilda para averiguar
lo que ocurría y dispararle a bocajarro en el cuello apenas ésta
salió gritando por sorpresa del interior del armario. Doce horas más
tarde, Matilda Crabtree fallecía. El miedo que nos lleva a proteger
del peligro a nuestra familia constituye uno de los legados
emocionales con que nos ha dotado la evolución. El miedo fue
precisamente el que empujó a Bobby Crabtree a coger su pistola y
buscar al intruso que creía que merodeaba por su casa. Pero aquel
mismo miedo fue también el que le llevó a disparar antes de que
pudiera percatarse de cuál era el blanco, antes incluso de que
pudiera reconocer la voz de su propia hija. Según afirman los
biólogos evolucionistas, este tipo de reacciones automáticas ha
terminado inscribiéndose en nuestro sistema nervioso porque sirvió
para garantizar la vida durante un periodo largo y decisivo de la
prehistoria humana y, más importante todavía, porque cumplió con
la principal tarea de la evolución, perpetuar las mismas
predisposiciones genéticas en la progenie. Sin embargo, a la vista
de la tragedia ocurrida en el hogar de los Crabtree, todo esto no
deja de ser una triste ironía.
Pero, si bien las emociones han sido
sabias referencias a lo largo del proceso evolutivo, las nuevas
realidades que nos presenta la civilización moderna surgen a una
velocidad tal que deja atrás al lento paso de la evolución. Las
primeras leyes y códigos éticos -el código de Hammurabi,
los diez mandamientos del Antiguo Testamento o los edictos
del emperador Ashoka— deben considerarse como intentos de
refrenar, someter y domesticar la vida emocional puesto que, como ya
explicaba Freud en El malestar de la cultura, la sociedad se
ha visto obligada a imponer normas externas destinadas a contener la
desbordante marea de los excesos emocionales que brotan del interior
del individuo.
No obstante, a pesar de todas las
limitaciones impuestas por la sociedad, la razón se ve desbordada de
tanto en tanto por la pasión, un imponderable de la naturaleza
humana cuyo origen se asienta en la arquitectura misma de nuestra
vida mental. El diseño biológico de los circuitos nerviosos
emocionales básicos con el que nacemos no lleva cinco ni cincuenta,
sino cincuenta mil generaciones demostrando su eficacia. Las lentas y
deliberadas fuerzas evolutivas que han ido modelando nuestra vida
emocional han tardado cerca de un millón de años en llevar a cabo
su cometido, y de éstos, los últimos diez mil —a pesar de haber
asistido a una vertiginosa explosión demográfica que ha elevado la
población humana desde cinco hasta cinco mil millones de personas—
han tenido una escasa repercusión en las pautas biológicas que
determinan nuestra vida emocional.
Para bien o para mal, nuestras
valoraciones y nuestras reacciones ante cualquier encuentro
interpersonal no son el fruto exclusivo de un juicio exclusivamente
racional o de nuestra historia personal, sino que también parecen
arraigarse en nuestro remoto pasado ancestral. Y ello implica
necesariamente la presencia de ciertas tendencias que, en algunas
ocasiones —como ocurrió, por ejemplo, en el lamentable incidente
acaecido en el hogar de los Crabtree—, pueden resultar ciertamente
trágicas. Con demasiada frecuencia, en suma, nos vemos obligados a
afrontar los retos que nos presenta el mundo postmoderno con recursos
emocionales adaptados a las necesidades del pleistoceno. Éste,
precisamente, es el tema fundamental sobre el que versa nuestro
libro.
Impulsos para la acción
Un día de comienzos de primavera, yo
me hallaba atravesando un puerto de montaña de una carretera de
Colorado cuando, de pronto, mi vehículo se vio atrapado en una
ventisca. La cegadora blancura del remolino de nieve era tal que, por
más que entornara la mirada, no podía ver absolutamente nada.
Disminuí entonces la velocidad mientras la ansiedad se apoderaba de
mi cuerpo y podía escuchar con claridad los latidos de mi corazón.
Pero la ansiedad terminó
convirtiéndose en miedo y entonces detuve mi coche a un lado de la
calzada dispuesto a esperar a que amainase la tormenta. Media hora
más tarde dejó de nevar, la visibilidad volvió y pude proseguir mi
viaje. Unos pocos centenares de metros más abajo, sin embargo, me vi
obligado a detenerme de nuevo porque dos vehículos que habían
colisionado bloqueaban la carretera mientras el equipo de una
ambulancia auxiliaba a uno de los pasajeros. De haber seguido
adelante en medio de la tormenta, es muy probable que yo también
hubiera chocado con ellos.
Tal vez aquel día el miedo me salvara
la vida. Como un conejo paralizado de terror ante las huellas de un
zorro —o como un protomamifero ocultándose de la mirada de un
dinosaurio— me vi arrastrado por un estado interior que me obligó
a detenerme, prestar atención y tomar conciencia de la proximidad
del peligro.
Todas las emociones son, en esencia,
impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática
con los que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica
de la palabra emoción proviene del verbo latino movere (que
significa «moverse») más el prefijo «e-», significando
algo así como «movimiento hacia» y sugiriendo, de ese modo,
que en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción. Basta
con observar a los niños o a los animales para darnos cuenta de que
las emociones conducen a la acción; es sólo en el mundo
«civilizado» de los adultos en donde nos encontramos con esa
extraña anomalía del reino animal en la que las emociones —los
impulsos básicos que nos incitan a actuar— parecen hallarse
divorciadas de las reacciones.
La distinta impronta biológica propia
de cada emoción evidencia que cada una de ellas desempeña un papel
único en nuestro repertorio emocional (véase el apéndice A para
mayores detalles sobre las emociones «básicas»). La aparición de
nuevos métodos para profundizar en el estudio del cuerpo y del
cerebro confirma cada vez con mayor detalle la forma en que cada
emoción predispone al cuerpo a un tipo diferente de respuesta.
El enojo aumenta el flujo
sanguíneo a las manos, haciendo más fácil empuñar un arma o
golpear a un enemigo; también aumenta el ritmo cardiaco y la tasa de
hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energía
necesaria para acometer acciones vigorosas.
En el caso del miedo, la sangre
se retira del rostro (lo que explica la palidez y la sensación de
«quedarse frío») y fluye a la musculatura esquelética larga —como
las piernas, por ejemplo- favoreciendo así la huida. Al mismo
tiempo, el cuerpo parece paralizarse, aunque sólo sea un instante,
para calibrar, tal vez, si el hecho de ocultarse pudiera ser una
respuesta más adecuada. Las conexiones nerviosas de los centros
emocionales del cerebro desencadenan también una respuesta hormonal
que pone al cuerpo en estado de alerta general, sumiéndolo en la
inquietud y predisponiéndolo para la acción, mientras la atención
se fija en la amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta
más apropiada.
Uno de los principales cambios
biológicos producidos por la felicidad consiste en el aumento
en la actividad de un centro cerebral que se encarga de inhibir los
sentimientos negativos y de aquietar los estados que generan
preocupación, al mismo tiempo que aumenta el caudal de energía
disponible. En este caso no hay un cambio fisiológico especial
salvo, quizás, una sensación de tranquilidad que hace que el cuerpo
se recupere más rápidamente de la excitación biológica provocada
por las emociones perturbadoras. Esta condición proporciona al
cuerpo un reposo, un entusiasmo y una disponibilidad para afrontar
cualquier tarea que se esté llevando a cabo y fomentar también, de
este modo, la consecución de una amplia variedad de objetivos.
El amor, los sentimientos de
ternura y la satisfacción sexual activan el sistema nervioso
parasimpático (el opuesto fisiológico de la respuesta de
«lucha-o-huida» propia del miedo y de la ira).
La pauta de reacción parasimpática
—ligada a la «respuesta de relajación»— engloba un amplio
conjunto de reacciones que implican a todo el cuerpo y que dan lugar
a un estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia.
El arqueo de las cejas que aparece en
los momentos de sorpresa aumenta el campo visual y permite que
penetre más luz en la retina, lo cual nos proporciona más
información sobre el acontecimiento inesperado, facilitando así el
descubrimiento de lo que realmente ocurre y permitiendo elaborar, en
consecuencia, el plan de acción más adecuado.
El gesto que expresa desagrado parece
ser universal y transmite el mensaje de que algo resulta literal o
metafóricamente repulsivo para el gusto o para el olfato. La
expresión facial de disgusto —ladeando el labio superior y
frunciendo ligeramente la nariz— sugiere, como observaba Darwin, un
intento primordial de cerrar las fosas nasales para evitar un olor
nauseabundo o para expulsar un alimento tóxico.
La principal función de la tristeza
consiste en ayudarnos a asimilar una pérdida irreparable (como la
muerte de un ser querido o un gran desengaño). La tristeza provoca
la disminución de la energía y del entusiasmo por las actividades
vitales —especialmente las diversiones y los placeres— y, cuanto
más se profundiza y se acerca a la depresión, más se enlentece el
metabolismo corporal. Este encierro introspectivo nos brinda así la
oportunidad de llorar una pérdida o una esperanza frustrada, sopesar
sus consecuencias y planificar, cuando la energía retorna, un nuevo
comienzo. Esta disminución de la energía debe haber mantenido
tristes y apesadumbrados a los primitivos seres humanos en las
proximidades de su hábitat, donde más seguros se encontraban.
Estas predisposiciones biológicas a
la acción son modeladas posteriormente por nuestras experiencias
vitales y por el medio cultural en que nos ha tocado vivir. La
pérdida de un ser querido. por ejemplo, provoca universalmente
tristeza y aflicción, pero la forma en que expresamos esa aflicción
-el tipo de emociones que expresamos o que guardamos en la intimidad—
es moldeada por nuestra cultura, como también lo es, por ejemplo, el
tipo concreto de personas que entran en la categoría de «seres
queridos» y que, por tanto, deben ser llorados.
El largo período evolutivo durante el
cual fueron moldeándose estas respuestas fue, sin duda, el más
crudo que ha experimentado la especie humana desde la aurora de la
historia. Fue un tiempo en el que muy pocos niños lograban
sobrevivir a la infancia, un tiempo en el que menos adultos todavía
llegaban a cumplir los treinta años, un tiempo en el que los
depredadores podían atacar en cualquier momento, un tiempo, en suma,
en el que la supervivencia o la muerte por inanición dependían del
umbral impuesto por la alternancia entre sequías e inundaciones. Con
la invención de la agricultura, no obstante, las probabilidades de
supervivencia aumentaron radicalmente aun en las sociedades humanas
más rudimentarias. En los últimos diez mil años, estos avances se
han consolidado y difundido por todo el mundo al mismo tiempo que las
brutales presiones que pesaban sobre la especie humana han disminuido
considerablemente.
Estas mismas presiones son las que
terminaron convirtiendo a nuestras respuestas emocionales en un
eficaz instrumento de supervivencia pero, en la medida en que han ido
desapareciendo, nuestro repertorio emocional ha ido quedando
obsoleto. Si bien, en un pasado remoto, un ataque de rabia podía
suponer la diferencia entre la vida y la muerte, la facilidad con la
que, hoy en día, un niño de trece años puede acceder a una amplia
gama de armas de fuego ha terminado convirtiendo a la rabia en una
reacción frecuentemente desastrosa.
Nuestras dos mentes
Una amiga estuvo hablándome de su
divorcio, un doloroso proceso de separación. Su marido se había
enamorado de una compañera de trabajo y un buen día le anunció que
quería irse a vivir con ella. A aquel momento siguieron meses de
amargos altercados con respecto al hogar conyugal, el dinero y la
custodia de los hijos. Ahora, pocos meses más tarde, me hablaba de
su autonomía y de su felicidad. «Ya no pienso en él —decía, con
los ojos humedecidos por las lágrimas— eso es algo que ha dejado
de preocuparme.» El instante en que sus ojos se humedecieron podía
perfectamente haber pasado inadvertido para mí, pero la comprensión
empática (un acto de la mente emocional) de sus ojos húmedos me
permitió, más allá de las palabras (un acto de la mente racional),
percatarme claramente de su evidente tristeza como si estuviera
leyendo un libro abierto.
En un sentido muy real, todos nosotros
tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente que siente, y
estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan para
construir nuestra vida mental. Una de ellas es la mente racional, la
modalidad de comprensión de la que solemos ser conscientes, más
despierta, más pensativa, más capaz de ponderar y de reflexionar.
El otro tipo de conocimiento, más impulsivo y más poderoso —aunque
a veces ilógico—, es la mente emocional (véase el apéndice B
para una descripción más detallada de los rasgos característicos
de la mente emocional).
La dicotomía entre lo emocional y lo
racional se asemeja a la distinción popular existente entre el
«corazón» y la «cabeza». Saber que algo es cierto «en
nuestro corazón» pertenece a un orden de convicción distinto
—de algún modo, un tipo de certeza más profundo— que pensarlo
con la mente racional. Existe una proporcionalidad constante entre el
control emocional y el control racional sobre la mente ya que, cuanto
más intenso es el sentimiento, más dominante llega a ser la mente
emocional.., y más ineficaz, en consecuencia, la mente racional.
Ésta es una configuración que parece derivarse de la ventaja
evolutiva que supuso disponer, durante incontables ocasiones, de
emociones e intuiciones que guiaran nuestras respuestas inmediatas
frente a aquellas situaciones que ponían en peligro nuestra vida,
situaciones en las que detenernos a pensar en la reacción más
adecuada podía tener consecuencias francamente desastrosas.
La mayor parte del tiempo, estas dos
mentes —la mente emocional y la mente racional— operan en
estrecha colaboración, entrelazando sus distintas formas de
conocimiento para guiarnos adecuadamente a través del mundo.
Habitualmente existe un equilibrio entre la mente emocional y la
mente racional, un equilibrio en el que la emoción alimenta y da
forma a las operaciones de la mente racional y la mente racional
ajusta y a veces censura las entradas procedentes de las emociones.
En todo caso, sin embargo, la mente emocional y la mente racional
constituyen, como veremos, dos facultades relativamente
independientes que reflejan el funcionamiento de circuitos cerebrales
distintos aunque interrelacionados. En muchísimas ocasiones, pues,
estas dos mentes están exquisitamente coordinadas porque los
sentimientos son esenciales para el pensamiento y lo mismo ocurre a
la inversa.
Pero, cuando aparecen las pasiones, el
equilibrio se rompe y la mente emocional desborda y secuestra a la
mente racional.
Erasmo, el humanista del siglo XVI,
describió irónicamente del siguiente modo esta tensión perenne
entre la razón y la emoción:
«Júpiter confiere mucha más
pasión que razón, en una proporción aproximada de veinticuatro a
uno. El ha erigido dos irritables tiranos para oponerse al poder
solitario de la razón: la ira y la lujuria. La vida ordinaria del
hombre evidencia claramente la impotencia de la razón para oponerse
a las fuerzas combinadas de estos dos tiranos. Ante ella, la razón
hace lo único que puede, repetir fórmulas virtuosas, mientras que
las otras dos se desgañitan, de un modo cada vez más ruidoso y
agresivo, exhortando a la razón a seguirlas hasta que finalmente
ésta, agotada, se rinde y se entrega.»
EL DESARROLLO DEL CEREBRO
Para comprender mejor el gran poder de
las emociones sobre la mente pensante —y la causa del frecuente
conflicto existente entre los sentimientos y la razón—
consideraremos ahora la forma en que ha evolucionado el cerebro. El
cerebro del ser humano, ese kilo y pico de células y jugos neurales,
tiene un tamaño unas tres veces superior al de nuestros primos
evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de millones de años
de evolución, el cerebro ha ido creciendo desde abajo hacia arriba,
por así decirlo, y los centros superiores constituyen derivaciones
de los centros inferiores más antiguos (un desarrollo evolutivo que
se repite, por cierto, en el cerebro de cada embrión humano).
La región más primitiva del cerebro,
una región que compartimos con todas aquellas especies que sólo
disponen de un rudimentario sistema nervioso, es el tallo encefálico,
que se halla en la parte superior de la médula espinal. Este cerebro
rudimentario regula las funciones vitales básicas, como la
respiración, el metabolismo de los otros órganos corporales y las
reacciones y movimientos automáticos. Mal podríamos decir que este
cerebro primitivo piense o aprenda porque se trata simplemente de un
conjunto de reguladores programados para mantener el funcionamiento
del cuerpo y asegurar la supervivencia del individuo. Éste es el
cerebro propio de la Edad de los Reptiles, una época en la que el
siseo de una serpiente era la señal que advertía la inminencia de
un ataque.
De este cerebro primitivo —el tallo
encefálico— emergieron los centros emocionales que, millones de
años más tarde, dieron lugar al cerebro pensante —o «neocórtex»—
ese gran bulbo de tejidos replegados sobre sí que configuran el
estrato superior del sistema nervioso. El hecho de que el cerebro
emocional sea muy anterior al racional y que éste sea una derivación
de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones existentes
entre el pensamiento y el sentimiento.
La raíz más primitiva de nuestra
vida emocional radica en el sentido del olfato o, más precisamente,
en el lóbulo olfatorio, ese conglomerado celular que se ocupa de
registrar y analizar los olores. En aquellos tiempos remotos el
olfato fue un órgano sensorial clave para la supervivencia, porque
cada entidad viva, ya sea alimento, veneno, pareja sexual, predador o
presa, posee una identificación molecular característica que puede
ser transportada por el viento.
A partir del lóbulo olfatorio
comenzaron a desarrollarse los centros más antiguos de la vida
emocional, que luego fueron evolucionando hasta terminar recubriendo
por completo la parte superior del tallo encefálico. En esos
estadios rudimentarios, el centro olfatorio estaba compuesto de unos
pocos estratos neuronales especializados en analizar los olores. Un
estrato celular se encargaba de registrar el olor y de clasificarlo
en unas pocas categorías relevantes (comestible, tóxico,
sexualmente disponible, enemigo o alimento) y un segundo estrato
enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso ordenando
al cuerpo las acciones que debía llevar a cabo (comer, vomitar,
aproximarse, escapar o cazar).
Con la aparición de los primeros
mamíferos emergieron también nuevos estratos fundamentales en el
cerebro emocional. Estos estratos rodearon al tallo encefálico a
modo de una rosquilla en cuyo hueco se aloja el tallo encefálico. A
esta parte del cerebro que envuelve y rodea al tallo encefálico se
le denominó sistema «límbico», un término derivado del latín
limbus, que significa «anillo». Este nuevo territorio neural
agregó las emociones propiamente dichas al repertorio de respuestas
del cerebro.”
Cuando estamos atrapados por el deseo
o la rabia, cuando el amor nos enloquece o el miedo nos hace
retroceder, nos hallamos, en realidad, bajo la influencia del sistema
límbico.
La evolución del sistema límbico
puso a punto dos poderosas herramientas: el aprendizaje y la memoria,
dos avances realmente revolucionarios que permitieron ir más allá
de las reacciones automáticas predeterminadas y afinar las
respuestas para adaptarlas a las cambiantes exigencias del medio,
favoreciendo así una toma de decisiones mucho más inteligente para
la supervivencia. Por ejemplo, si un determinado alimento conducía a
la enfermedad, la próxima vez seria posible evitarlo. Decisiones
como la de saber qué ingerir y qué expulsar de la boca seguían
todavía determinadas por el olor y las conexiones existentes entre
el bulbo olfatorio y el sistema límbico, pero ahora se enfrentaban a
la tarea de diferenciar y reconocer los olores, comparar el olor
presente con los olores pasados y discriminar lo bueno de lo malo,
una tarea llevada a cabo por el «rinencéfalo» —que literalmente
significa «el cerebro nasal»— una parte del circuito limbico que
constituye la base rudimentaria del neocórtex, el cerebro pensante.
Hace unos cien millones de años, el
cerebro de los mamíferos experimentó una transformación radical
que supuso otro extraordinario paso adelante en el desarrollo del
intelecto, y sobre el delgado córtex de dos estratos se asentaron
los nuevos estratos de células cerebrales que terminaron
configurando el neocórtex (la región que planifica, comprende lo
que se siente y coordina los movimientos).
El neocórtex del Homo sapiens, mucho
mayor que el de cualquier otra especie, ha traído consigo todo lo
que es característicamente humano. El neocórtex es el asiento del
pensamiento y de los centros que integran y procesan los datos
registrados por los sentidos. Y también agregó al sentimiento
nuestra reflexión sobre él y nos permitió tener sentimientos sobre
las ideas, el arte, los símbolos y las imágenes.
A lo largo de la evolución, el
neocórtex permitió un ajuste fino que sin duda habría de suponer
una enorme ventaja en la capacidad del individuo para superar las
adversidades, haciendo más probable la transmisión a la
descendencia de los genes que contenían la misma configuración
neuronal. La supervivencia de nuestra especie debe mucho al talento
del neocórtex para la estrategia, la planificación a largo plazo y
otras estrategias mentales, y de él proceden también sus frutos más
maduros: el arte, la civilización y la cultura.
Este nuevo estrato cerebral permitió
comenzar a matizar la vida emocional. Tomemos, por ejemplo, el amor.
Las estructuras límbicas generan sentimientos de placer y de deseo
sexual (las emociones que alimentan la pasión sexual) pero la
aparición del neocórtex y de sus conexiones con el sistema limbico
permitió el establecimiento del vinculo entre la madre y el hijo,
fundamento de la unidad familiar y del compromiso a largo plazo de
criar a los hijos que posibilita el desarrollo del ser humano. En las
especies carentes de neocórtex —como los reptiles, por ejemplo—
el afecto materno no existe y los recién nacidos deben ocultarse
para evitar ser devorados por la madre. En el ser humano, en cambio,
los vínculos protectores entre padres e hijos permiten disponer de
un proceso de maduración que perdura toda la infancia, un proceso
durante el cual el cerebro sigue desarrollándose.
A medida que ascendemos en la escala
filogenética que conduce de los reptiles al mono rhesus y, desde
ahí, hasta el ser humano, aumenta la masa neta del neocórtex, un
incremento que supone también una progresión geométrica en el
número de interconexiones neuronales. Y además hay que tener en
cuenta que, cuanto mayor es el número de tales conexiones, mayor es
también la variedad de respuestas posibles. El neocórtex permite,
pues, un aumento de la sutileza y la complejidad de la vida emocional
como, por ejemplo, tener sentimientos sobre nuestros sentimientos. El
número de interconexiones existentes entre el sistema límbico y el
neocórtex es superior en el caso de los primates al del resto de las
especies, e infinitamente superior todavía en el caso de los seres
humanos; un dato que explica el motivo por el cual somos capaces de
desplegar un abanico mucho más amplio de reacciones —y de matices—
ante nuestras emociones. Mientras que el conejo o el mono rhesus sólo
dispone de un conjunto muy restringido de respuestas posibles ante el
miedo, el neocórtex del ser humano, por su parte, permite un abanico
de respuestas mucho más maleable, en el que cabe incluso llamar al
091. Cuanto más complejo es el sistema social, más fundamental
resulta esta flexibilidad; y no hay mundo social más complejo que el
del ser humano.’ Pero el hecho es que estos centros superiores no
gobiernan la totalidad de la vida emocional porque, en los asuntos
decisivos del corazón —y, más especialmente, en las situaciones
emocionalmente críticas—, bien podríamos decir que delegan su
cometido en el sistema limbico. Las ramificaciones nerviosas que
extendieron el alcance de la zona limbica son tantas, que el cerebro
emocional sigue desempeñando un papel fundamental en la arquitectura
de nuestro sistema nervioso. La región emocional es el sustrato en
el que creció y se desarrolló nuestro nuevo cerebro pensante y
sigue estando estrechamente vinculada con él por miles de circuitos
neuronales. Esto es precisamente lo que confiere a los centros de la
emoción un poder extraordinario para influir en el funcionamiento
global del cerebro (incluyendo, por cierto, a los centros del
pensamiento).
2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL
La
vida es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes
sienten.
Horace Walpole
Era una calurosa tarde de agosto del
año 1963, la misma en que el reverendo Martin Luther King, jr.
pronunciara en Washington aquella famosa conferencia que comenzó con
la frase «Hoy tuve un sueño» ante los manifestantes de la
marcha en pro de los derechos civiles. Aquella tarde, Richard Robles,
un delincuente habitual condenado a tres años de prisión por los
más de cien robos que había llevado a cabo para mantener su
adicción a la heroína y que, por aquel entonces, se hallaba en
libertad condicional, decidió robar por última vez. Según declaró
posteriormente, había tomado la decisión de dejar de robar pero
necesitaba desesperadamente dinero para su amiga y para su hija de
tres años de edad.
El lujoso apartamento del Upper East
Side de Nueva York que Robles eligió para aquella ocasión
pertenecía a dos jóvenes mujeres, Janice Wylie, investigadora de la
revista Newsweek, de veintiún años, y Emily Hoffert, de veintitrés
años de edad y maestra en una escuela primaria. Robles creía que no
había nadie en casa pero se equivocó y. una vez dentro, se encontró
con Wylie y se vio obligado a amenazarla con un cuchillo y
amordazaría, y lo mismo tuvo que hacer cuando, a punto de salir,
tropezó con Hoffert.
Según contó años más tarde,
mientras estaba amordazando a Hoffert, Janice Wylie le aseguró que
nunca lograría escapar porque ella recordaría su rostro y no
cejaría hasta que la policía diera con él. Robles, que se había
jurado que aquél sería su último robo, entró entonces en pánico
y perdió completamente el control de sí mismo. Luego, en pleno
ataque de locura, golpeó a las dos mujeres con una botella hasta
dejarlas inconscientes y, dominado por la rabia y el miedo, las
apuñaló una y otra vez con un cuchillo de cocina. Veinticinco años
más tarde, recordando el incidente, se lamentaba diciendo: «estaba
como loco. Mi cabeza simplemente estalló».
Durante todo este tiempo Robles no ha
dejado de arrepentirse de aquel arrebato de violencia. Hoy en día,
treinta años más tarde, sigue todavía en prisión por lo que ha
terminado conociéndose como «el asesinato de las universitarias».
Este tipo de explosiones emocionales
constituye una especie de secuestro neuronal. Según sugiere la
evidencia, en tales momentos un centro del sistema limbico declara el
estado de urgencia y recluta todos los recursos del cerebro para
llevar a cabo su impostergable tarea. Este secuestro tiene lugar en
un instante y desencadena una reacción decisiva antes incluso de que
el neocórtex —el cerebro pensante— tenga siquiera la posibilidad
de darse cuenta plenamente de lo que está ocurriendo, y mucho menos
todavía de decidir si se trata de una respuesta adecuada. El rasgo
distintivo de este tipo de secuestros es que, pasado el momento
crítico, el sujeto no sabe bien lo que acaba de ocurrir.
Hay que decir también que estos
secuestros no son, en modo alguno, incidentes aislados y que tampoco
suelen conducir a crímenes tan detestables como «el asesinato de
las universitarias».
En forma menos drástica, aunque no,
por ello, menos intensa, se trata de algo que nos sucede a todos con
cierta frecuencia. Recuerde, sin ir más lejos, la última ocasión
en la que usted mismo «perdió el control de la situación»
y explotó ante alguien —tal vez su esposa. su hijo o el conductor
de otro vehículo— con una intensidad que retrospectivamente
considerada, le pareció completamente desproporcionada. Es muy
probable que aquél también fuera un secuestro, un golpe de estado
neural que, como veremos, se origina en la amígdala, uno de
los centros del cerebro límbico.
Pero no todos los secuestros límbicos
son tan peligrosos porque cuando por ejemplo, alguien sufre un ataque
de risa, también se halla dominado por una reacción límbica, y lo
mismo ocurre en los momentos de intensa alegría. Cuando Dan Jansen,
tras varios intentos infructuosos de conseguir una medalla de oro
olímpica en la modalidad de patinaje sobre hielo (que, por cierto,
había prometido alcanzar, en su lecho de muerte, a su moribunda
hermana) logró finalmente alcanzar su objetivo en la carrera de mil
metros de la Olimpiada de Invierno de 1994 en Noruega, la excitación
y la euforia que experimentó su esposa fue tal, que tuvo que ser
asistida de urgencia por el equipo médico junto a la misma pista de
patinaje.
LA SEDE DE TODAS LAS PASIONES
La amígdala del ser humano es
una estructura relativamente grande en comparación con la de
nuestros parientes evolutivos, los primates. Existen, en realidad,
dos amígdalas que constituyen un conglomerado de estructuras
interconectadas en forma de almendra (de ahí su nombre, un término
que se deriva del vocablo griego que significa «almendra»),
y se hallan encima del tallo encefálico, cerca de la base del anillo
limbico, ligeramente desplazadas hacia delante.
El hipocampo y la amígdala fueron dos
piezas clave del primitivo «cerebro olfativo» que, a lo largo del
proceso evolutivo, terminó dando origen al córtex y posteriormente
al neocórtex. La amígdala está especializada en las cuestiones
emocionales y en la actualidad se considera como una estructura
limbica muy ligada a los procesos del aprendizaje y la
memoria. La interrupción de las conexiones existentes entre
la amígdala y el resto del cerebro provoca una asombrosa ineptitud
para calibrar el significado emocional de los acontecimientos, una
condición que a veces se llama «ceguera afectiva».
A falta de toda carga emocional, los
encuentros interpersonales pierden todo su sentido. Un joven cuya
amígdala se extirpó quirúrgicamente para evitar que
sufriera ataques graves perdió todo interés en las personas y
prefería sentarse a solas, ajeno a todo contacto humano. Seguía
siendo perfectamente capaz de mantener una conversación, pero ya no
podía reconocer a sus amigos íntimos, a sus parientes ni siquiera a
su misma madre, y permanecía completamente impasible ante la
angustia que les producía su indiferencia. La ausencia funcional de
la amígdala parecía impedirle todo reconocimiento de los
sentimientos y todo sentimiento sobre sus propios sentimientos. La
amígdala constituye, pues, una especie de depósito de la memoria
emocional y, en consecuencia, también se la puede considerar
como un depósito de significado. Es por ello por lo que una vida sin
amígdala es una vida despojada de todo significado personal.
Pero la amígdala no sólo está
ligada a los afectos sino que también está relacionada con las
pasiones. Aquellos animales a los que se les ha seccionado o
extirpado quirúrgicamente la amígdala carecen de sentimientos de
miedo y de rabia, renuncian a la necesidad de competir y de cooperar,
pierden toda sensación del lugar que ocupan dentro del orden social
y su emoción se halla embotada y ausente. El llanto, un rasgo
emocional típicamente humano, es activado por la amígdala y por una
estructura próxima a ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se
siente apoyado, consolado y confortado, esas mismas regiones
cerebrales se ocupan de mitigar los sollozos pero, sin amígdala, ni
siquiera es posible el desahogo que proporcionan las lágrimas.
Joseph LeDoux, un neurocientífico del
Center for Neural Science de la Universidad de Nueva York, fue el
primero en descubrir el Importante papel desempeñado por la amígdala
en el cerebro emocional. LeDoux forma parte de una nueva hornada de
neurocientíficos que, utilizando métodos y tecnologías
innovadoras, se han dedicado a cartografiar el funcionamiento del
cerebro con un nivel de precisión anteriormente desconocido que pone
al descubierto misterios de la mente inaccesibles para las
generaciones anteriores. Sus descubrimientos sobre los circuitos
nerviosos del cerebro emocional han llegado a desarticular las
antiguas nociones existentes sobre el sistema límbico, asignando a
la amígdala un papel central y otorgando a otras estructuras
límbicas funciones muy diversas.
La investigación llevada a cabo por
LeDoux explica la forma en que la amígdala asume el control cuando
el cerebro pensante, el neocórtex, todavía no ha llegado a tomar
ninguna decisión.
Como veremos, el funcionamiento de
la amígdala y su interrelación con el neocórtex constituyen el
núcleo mismo de la inteligencia emocional.
EL REPETIDOR NEURONAL
Los momentos más interesantes para
comprender el poder de las emociones en nuestra vida mental son
aquéllos en los que nos vemos inmersos en acciones pasionales de las
que más tarde, una vez que las aguas han vuelto a su cauce, nos
arrepentimos.
¿Cómo podemos volvemos irracionales
con tanta facilidad? Tomemos, por ejemplo, el caso de una joven que
condujo durante un par de horas para ir a Boston y almorzar y pasar
el día con su novio. Durante la comida él le regaló un cartel
español muy difícil de encontrar y por el que había estado
suspirando desde hacia meses. Pero todo pareció desvanecerse cuando
ella le sugirió que fueran al cine y él respondió que no podían
pasar el día juntos porque tenía entrenamiento de béisbol. Dolida
y recelosa, nuestra amiga rompió entonces a llorar, salió del café
y arrojó el cartel a un cubo de la basura. Meses más tarde,
recordando el incidente, estaba más arrepentida por la pérdida del
cartel que por haberse marchado con cajas destempladas.
No hace mucho tiempo que la ciencia ha
descubierto el papel esencial desempeñado por la amígdala cuando
los sentimientos impulsivos desbordan la razón. Una de las funciones
de la amígdala consiste en escudriñar las percepciones en busca de
alguna clase de amenaza. De este modo, la amígdala se
convierte en un importante vigía de la vida mental, una especie de
centinela psicológico que afronta toda situación, toda
percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de
todas: «¿Es algo que odio? ¿Que me pueda herir? ¿A lo que temo?»
En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea afirmativa, la
amígdala reaccionará al momento poniendo en funcionamiento todos
sus recursos neurales y cablegrafiando un mensaje urgente a todas las
regiones del cerebro.
En la arquitectura cerebral, la
amígdala constituye una especie de servicio de vigilancia dispuesto
a alertar a los bomberos, la policía y los vecinos ante cualquier
señal de alarma. En el caso de que, por ejemplo, suene la alarma de
miedo, la amígdala envía mensajes urgentes a cada uno de los
centros fundamentales del cerebro, disparando la secreción de las
hormonas corporales que predisponen a la lucha o a la huida,
activando los centros del movimiento y estimulando el sistema
cardiovascular, los músculos y las vísceras: La amígdala
también es la encargada de activar la secreción de dosis masivas de
noradrenalina, la hormona que aumenta la reactividad de ciertas
regiones cerebrales clave. entre las que destacan aquéllas que
estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta. Otras
señales adicionales procedentes de la amígdala también se encargan
de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión de
miedo, paralizando al mismo tiempo aquellos músculos que no tengan
que ver con la situación, aumentando la frecuencia cardiaca y la
tensión sanguínea y enlenteciendo la respiración. Otras señales
de la amígdala dirigen la atención hacia la fuente del miedo y
predisponen a los músculos para reaccionar en consecuencia.
Simultáneamente los sistemas de la memoria cortical se imponen sobre
cualquier otra faceta de pensamiento en un intento de recuperar todo
conocimiento que resulte relevante para la emergencia presente.
Estos son algunos de los cambios
cuidadosamente coordinados y orquestados por la amígdala en su
función rectora del cerebro (véase el apéndice C para tener una
visión más detallada a este respecto). De este modo, la extensa red
de conexiones neuronales de la amígdala permite, durante una
crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro,
incluida la mente racional.
EL CENTINELA EMOCIONAL
Un amigo me contó que, hace unos
años, se hallaba de vacaciones en Inglaterra almorzando en la
terraza de un café ubicado junto a un canal. Luego dio un paseo por
la orilla del canal cuando de pronto, vio a una niña que miraba
aterrada el agua. Antes de poder formarse una idea clara y darse
cuenta de lo que pasaba, ya había saltado al canal, sin quitarse la
chaqueta ni los zapatos. Sólo una vez en el agua comprendió que la
chica miraba a un niño que estaba ahogándose y a quien finalmente
pudo terminar rescatando.
¿Qué fue lo que le hizo saltar al
agua antes incluso de darse cuenta del motivo de su reacción? La
respuesta, en mi opinión, hay que buscarla en la amígdala.
En uno de los descubrimientos más
interesantes realizados en la última década sobre la emoción,
LeDoux descubrió el papel privilegiado que desempeña la amígdala
en la dinámica cerebral como una especie de centinela emocional
capaz de secuestrar al cerebro. Esta investigación ha demostrado que
la primera estación cerebral por la que pasan las señales
sensoriales procedentes de los ojos o de los oídos es el tálamo y,
a partir de ahí y a través de una sola sinapsis, la amígdala. Otra
vía procedente del tálamo lleva la señal hasta el neocórtex, el
cerebro pensante. Esa ramificación permite que la amígdala
comience a responder antes de que el neocórtex haya ponderado la
información a través de diferentes niveles de circuitos cerebrales,
se aperciba plenamente de lo que ocurre y finalmente emita una
respuesta más adaptada a la situación.
La investigación realizada por LeDoux
constituye una auténtica revolución en nuestra comprensión de la
vida emocional que revela por vez primera la existencia de vías
nerviosas para los sentimientos que eluden el neocórtex. Este
circuito explicaría el gran poder de las emociones para desbordar a
la razón porque los sentimientos que siguen este camino directo a la
amígdala son los más intensos y primitivos.
Hasta hace poco, la visión
convencional de la neurociencia ha sido que el ojo, el oído y otros
órganos sensoriales transmiten señales al tálamo y. desde ahí, a
las regiones del neocórtex encargadas de procesar las impresiones
sensoriales y organizarlas tal y como las percibimos. En el
neocórtex, las señales se interpretan para reconocer lo que es cada
objeto y lo que significa su presencia. Desde el neocórtex —sostiene
la vieja teoría— las señales se envían al sistema límbico y,
desde ahí, las vías eferentes irradian las respuestas apropiadas al
resto del cuerpo. Ésta es la forma en la que funciona la mayor parte
del tiempo, pero LeDoux descubrió, junto a la larga vía neuronal
que va al córtex, la existencia de una pequeña estructura neuronal
que comunica directamente el tálamo con la amígdala. Esta vía
secundaria y más corta —una especie de atajo— permite que la
amígdala reciba algunas señales directamente de los sentidos y
emita una respuesta antes de que sean registradas por el neocórtex.
Este descubrimiento ha dejado obsoleta
la antigua noción de que la amígdala depende de las señales
procedentes del neocórtex para formular su respuesta emocional a
causa de la existencia de esta vía de emergencia capaz de
desencadenar una respuesta emocional gracias un circuito reverberante
paralelo que conecta la amígdala con el neocórtex. Por ello la
amígdala puede llevarnos a actuar antes incluso de que el más lento
—aunque ciertamente más informado— neocórtex despliegue sus
también más refinados planes de acción.
El hallazgo de LeDoux ha transformado
la noción prevalente sobre los caminos seguidos por las emociones a
través de su investigación del miedo en los animales. En un
experimento concluyente, LeDoux destruyó el córtex auditivo de las
ratas y luego las expuso a un sonido que iba acompañado de una
descarga eléctrica. Las ratas no tardaron en aprender a temer el
sonido. aun cuando su neocórtex no llegara a registrarlo. En este
caso, el sonido seguía la ruta directa del oído al tálamo y, desde
allí, a la amígdala, saltándose todos los circuitos principales.
Las ratas, en suma, habían aprendido una reacción emocional sin la
menor implicación de las estructuras corticales superiores. En tal
caso, la amígdala percibía, recordaba y orquestaba el miedo de una
manera completamente independiente de toda participación cortical.
Según me dijo LeDoux: «anatómicamente hablando, el sistema
emocional puede actuar independientemente del neocórtex. Existen
ciertas reacciones y recuerdos emocionales que tienen lugar sin la
menor participación cognitiva consciente».
La amígdala puede albergar y activar
repertorios de recuerdos y de respuestas que llevamos a cabo sin que
nos demos cuenta del motivo por el que lo hacemos, porque el atajo
que va del tálamo a la amígdala deja completamente de lado al
neocórtex. Este atajo permite que la amígdala sea una especie de
almacén de las impresiones y los recuerdos emocionales de los que
nunca hemos sido plena. Una señal visual va de la retina al tálamo,
en donde se traduce al lenguaje del cerebro. La mayor parte de este
mensaje va después al cortex visual, en donde se analiza y evalúa
en busca de su significado para emitir la respuesta apropiada. Si
esta respuesta es emocional, una señal se dirige a la amígdala para
activar los centros emocionales, pero una pequeña porción de la
señal original va directamente desde el tálamo a la amígdala
por una vía más corta, permitiendo una respuesta más rápida
(aunque ciertamente también más imprecisa).
De este modo la amígdala puede
desencadenar una respuesta antes de que los centros corticales hayan
comprendido completamente lo que está ocurriendo.
RESPUESTA DE LUCHA O HUIDA
Aumento de la frecuencia cardiaca y de
la tensión arterial. La musculatura larga se prepara para responder
rápidamente.
mente conscientes. ¡Y LeDoux afirma
que es precisamente el papel subterráneo desempeñado por la
amígdala en la memoria el que explica, por ejemplo, un sorprendente
experimento en el que las personas adquirieron una preferencia por
figuras geométricas extrañas cuyas imágenes habían visto
previamente a tal velocidad que ni siquiera les había permitido ser
conscientes de ellas!. Otra investigación ha demostrado que, durante
los primeros milisegundos de cualquier percepción, no sólo sabemos
inconscientemente de qué se trata sino que también decidimos si nos
gusta o nos desagrada. De este modo, nuestro «inconsciente
cognitivo» no sólo presenta a nuestra conciencia la identidad
de lo que vemos sino que también le ofrece nuestra propia opinión
al respecto. Nuestras emociones tienen una mente propia, una mente
cuyas conclusiones pueden ser completamente distintas a las
sostenidas por nuestra mente racional.
EL ESPECIALISTA EN LA MEMORIA EMOCIONAL
Las opiniones inconscientes son
recuerdos emocionales que se almacenan en la amígdala. La
investigación llevada a cabo por LeDoux y otros neurocientíficos
parece sugerir que el hipocampo —que durante mucho tiempo se había
considerado como la estructura clave del sistema límbico— no tiene
tanto que ver con la emisión de respuestas emocionales como con el
hecho de registrar y dar sentido a las pautas perceptivas. La
principal actividad del hipocampo consiste en proporcionar una aguda
memoria del contexto, algo que es vital para el significado
emocional. Es el hipocampo el que reconoce el diferente significado
de, pongamos por caso, un oso en el zoológico y un oso en el jardín
de su casa.
Y si el hipocampo es el que registra
los hechos puros, la amígdala, por su parte, es la encargada
de registrar el clima emocional que acompaña a estos hechos.
Si, por ejemplo, al tratar de adelantar a un coche en una vía de dos
carriles estimamos mal las distancias y tenemos una colisión
frontal, el hipocampo registra los detalles concretos del accidente,
qué anchura tenía la calzada, quién se hallaba con nosotros y qué
aspecto tenía el otro vehículo. Pero es la amígdala la que, a
partir de ese momento, desencadenará en nosotros un impulso de
ansiedad cada vez que nos dispongamos a adelantar en circunstancias
similares. Como me dijo LeDoux: «el hipocampo es una estructura
fundamental para reconocer un rostro como el de su prima, pero es la
amígdala la que le agrega el clima emocional de que no parece
tenerla en mucha estima».
El cerebro utiliza un método simple
pero muy ingenioso para registrar con especial intensidad los
recuerdos emocionales, ya que los mismos sistemas de alerta
neuroquimicos que preparan al cuerpo para reaccionar ante cualquier
amenaza —luchando o escapando— también se encargan de grabar
vívidamente este momento en la memoria. En caso de estrés o de
ansiedad, o incluso en el caso de una intensa alegría, un nervio que
conecta el cerebro con las glándulas suprarrenales (situadas encima
de los riñones), estimulando la secreción de las hormonas
adrenalina y noradrenalina, disponiendo así al cuerpo para responder
ante una urgencia. Estas hormonas activan determinados receptores del
nervio vago, encargado, entre otras muchas cosas, de transmitir los
mensajes procedentes del cerebro que regulan la actividad cardiaca y,
a su vez, devuelve señales al cerebro, activado también por estas
mismas hormonas. Y el principal receptor de este tipo de señales son
las neuronas de la amígdala que, una vez activadas, se ocupan de que
otras regiones cerebrales fortalezcan el recuerdo de lo que está
ocurriendo.
Esta activación de la amígdala
parece provocar una intensificación emocional que también
profundiza la grabación de esas situaciones. Este es el motivo por
el cual, por ejemplo, recordamos a dónde fuimos en nuestra primera
cita o qué estábamos haciendo cuando oímos la noticia de la
explosión de la lanzadera espacial Challenger. Cuanto más intensa
es la activación de la amígdala, más profunda es la impronta y más
indeleble la huella que dejan en nosotros las experiencias que nos
han asustado o nos han emocionado. Esto significa, en efecto, que el
cerebro dispone de dos sistemas de registro, uno para los hechos
ordinarios y otro para los recuerdos con una intensa carga emocional,
algo que tiene un gran interés desde el punto de vista evolutivo
porque garantiza que los animales tengan recuerdos particularmente
vívidos de lo que les amenaza y de lo que les agrada.
Pero, además de todo lo que acabamos
de ver, los recuerdos emocionales pueden llegar a convenirse en
falsas guías de acción para el momento presente.
UN SISTEMADE ALARMA NEURONAL ANTICUADO
Uno de los inconvenientes de este
sistema de alarma neuronal es que, con más frecuencia de la
deseable, el mensaje de urgencia mandado por la amígdala suele ser
obsoleto, especialmente en el cambiante mundo social en el que nos
movemos los seres humanos. Como almacén de la memoria emocional, la
amígdala escruta la experiencia presente y la compara con lo que
sucedió en el pasado. Su método de comparación es asociativo, es
decir que equipara cualquier situación presente a otra pasada por el
mero hecho de compartir unos pocos rasgos característicos similares.
En este sentido se trata de un sistema rudimentario que no se detiene
a verificar la adecuación o no de sus conclusiones y actúa antes de
confirmar la gravedad de la situación. Por esto que nos hace
reaccionar al presente con respuestas que fueron grabadas hace ya
mucho tiempo, con pensamientos, emociones y reacciones aprendidas en
respuesta a acontecimientos vagamente similares, lo suficientemente
similares como para llegar a activar la amígdala.
No es de extrañar que una antigua
enfermera de la marina, traumatizada por las espantosas heridas que
una vez tuvo que atender en tiempo de guerra, se viera súbitamente
desbordada por una mezcla de miedo, repugnancia y pánico cuando,
años más tarde, abrió la puerta de un armario en el que su hijo
pequeño había escondido un hediondo pañal. Bastó con que la
amígdala reconociera unos pocos elementos similares a un peligro
pasado para que terminara decretando el estado de alarma. El problema
es que, junto a esos recuerdos cargados emocionalmente, que tienen el
poder de desencadenar una respuesta en un momento crítico, coexisten
también formas de respuesta obsoletas.
En tales momentos la imprecisión del
cerebro emocional, se ve acentuada por el hecho de que muchos
de los recuerdos emocionales más intensos proceden de los primeros
años de la vida y de las relaciones que el niño mantuvo con las
personas que le criaron (especialmente de las situaciones
traumáticas, como palizas o abandonos). Durante ese temprano período
de la vida, otras estructuras cerebrales, especialmente el hipocampo
(esencial para el recuerdo emocional) y el neocórtex (sede del
pensamiento racional) todavía no se encuentran plenamente maduros.
En el caso del recuerdo, la amígdala y el hipocampo trabajan
conjuntamente y cada una de estas estructuras se ocupa de almacenar y
recuperar independientemente un determinado tipo de información.
Así, mientras que el hipocampo recupera datos puros, la amígdala
determina si esa información posee una carga emocional. Pero la
amígdala del niño suele madurar mucho más rápidamente.
LeDoux ha estudiado el papel
desempeñado por la amígdala en la infancia y ha llegado a
una conclusión que parece respaldar uno de los principios
fundamentales del pensamiento psicoanalítico, es decir, que la
interacción —los encuentros y desencuentros— entre el niño y
sus cuidadores durante los primeros años de vida constituye un
auténtico aprendizaje emocional. En opinión de LeDoux, este
aprendizaje emocional es tan poderoso y resulta tan difícil de
comprender para el adulto porque está grabado en la amígdala con la
impronta tosca y no verbal propia de la vida emocional. Estas
primeras lecciones emocionales se impartieron en un tiempo en el que
el niño todavía carecía de palabras y, en consecuencia, cuando se
reactiva el correspondiente recuerdo emocional en la vida adulta, no
existen pensamientos articulados sobre la respuesta que debemos
tomar. El motivo que explica el desconcierto ante nuestros propios
estallidos emocionales es que suelen datar de un período tan
temprano que las cosas nos desconcertaban y ni siquiera disponíamos
de palabras para comprender lo que sucedía. Nuestros sentimientos
tal vez sean caóticos, pero las palabras con las que nos referimos a
esos recuerdos no lo son.
CUANDO LAS EMOCIONES SON RÁPIDAS Y TOSCAS
Serían las tres de la mañana cuando
un ruido estrepitoso procedente de un rincón de mi dormitorio me
despertó bruscamente, como si el techo se estuviera desmoronando y
todo el contenido de la buhardilla cayera al suelo. Inmediatamente
salté de la cama y salí de la habitación, pero después de mirar
cuidadosamente descubrí que lo único que se había caído era la
pila de cajas que mi esposa había amontonado en la esquina el día
anterior para ordenar el armario. Nada había caído de la
buhardilla; de hecho, ni siquiera había buhardilla. El techo estaba
intacto.., y yo también lo estaba.
Ese salto de la cama medio dormido
—que realmente podría haberme salvado la vida en el caso de que el
techo ciertamente se hubiera desplomado— ilustra a la perfección
el poder de la amígdala para impulsamos a la acción en caso
de peligro antes de que el neocórtex tenga tiempo para registrar
siquiera lo que ha ocurrido. En circunstancias así, el atajo que va
desde el ojo —o el oído— hasta el tálamo y la amígdala resulta
crucial porque nos proporciona un tiempo precioso cuando la
proximidad del peligro exige de nosotros una respuesta inmediata.
Pero el circuito que conecta el tálamo con la amígdala sólo se
encarga de transmitir una pequeña fracción de los mensajes
sensoriales y la mayor parte de la información circula por la vía
principal hasta el neocórtex. Por esto, lo que la amígdala registra
a través de esta vía rápida es, en el mejor de los casos, una
señal muy tosca, la estrictamente necesaria para activar la señal
de alarma. Como dice LeDoux: «Basta con saber que algo puede
resultar peligroso». Esa vía directa supone un ahorro
valiosísimo en términos de tiempo cerebral (que, recordémoslo, se
mide en milésimas de segundo). La amígdala de una rata, por
ejemplo, puede responder a una determinada percepción en apenas doce
milisegundos mientras que el camino que conduce desde el tálamo
hasta el neocórtex y la amígdala requiere el doble de tiempo. (En
los seres humanos todavía no se ha llevado a cabo esta medición
pero, en cualquiera de los casos, la proporción existente entre
ambas vías sería aproximadamente la misma.)
La importancia evolutiva de esta ruta
directa debe haber sido extraordinaria, al ofrecer una respuesta
rápida que permitió ganar unos milisegundos críticos ante las
situaciones peligrosas. Y es muy probable que esos milisegundos
salvaran literalmente la vida de muchos de nuestros antepasados
porque esa configuración ha terminado quedando impresa en el cerebro
de todo protomamifero, incluyendo el de usted y el mío propio. De
hecho, aunque ese circuito desempeñe un papel limitado en la vida
mental del ser humano —restringido casi exclusivamente a las crisis
emocionales— la mayor parte de la vida mental de los pájaros,
de los peces y de los reptiles gira en tomo a él, dado que su misma
supervivencia depende de escrutar constantemente el entorno en busca
de predadores y de presas. Según LeDoux: «El rudimentario
cerebro menor de los mamíferos es el principal cerebro de los no
mamíferos, un cerebro que permite una respuesta emocional muy veloz.
Pero, aunque veloz, se trata también, al mismo tiempo, de una
respuesta muy tosca, porque las células implicadas sólo permiten un
procesamiento rápido, pero también impreciso».
Tal vez esta imprecisión resulte
adecuada, por ejemplo, en el caso de una ardilla, porque en tal
situación se halla al servicio de la supervivencia y le permite
escapar ante el menor asomo de peligro o correr detrás de cualquier
indicio de algo comestible, pero en la vida emocional del ser humano
esa vaguedad puede llegar a tener consecuencias desastrosas para
nuestras relaciones, porque implica, figurativamente hablando, que
podemos escapar o lanzarnos irracionalmente sobre alguna persona o
sobre alguna cosa. (Consideremos en este sentido, por ejemplo, el
caso de aquella camarera que derramó una bandeja con seis platos en
cuanto vislumbró la figura de una mujer con una enorme cabellera
pelirroja y rizada exactamente igual a la de la mujer por la que la
había abandonado su ex-marido.)
Estas rudimentarias confusiones
emocionales, basadas en sentir antes que en el pensar, son
calificadas por LeDoux como «emociones precognitivas»,
reacciones basadas en impulsos neuronales fragmentarios, en bits de
información sensorial que no han terminado de organizarse para
configurar un objeto reconocible. Se trata de una forma elemental de
información sensorial, una especie de «adivina la canción»
neuronal —ese juego que consiste en adivinar el nombre de una
melodía tras haber escuchado tan sólo unas pocas notas—, de
intuir una percepción global apenas percibidos unos pocos rasgos. De
este modo, cuando la amígdala experimenta una determinada
pauta sensorial como algo urgente, no busca en modo alguno confirmar
esa percepción, sino que simplemente extrae una conclusión
apresurada y dispara una respuesta.
No deberíamos sorprendemos de que el
lado oscuro de nuestras emociones más intensas nos resulte
incomprensible, especialmente en el caso de que estemos atrapados en
ellas. La amígdala puede reaccionar con un arrebato de rabia o de
miedo antes de que el córtex sepa lo que está ocurriendo, porque la
emoción se pone en marcha antes que el pensamiento y de un modo
completamente independiente de él.
EL GESTOR DE LAS EMOCIONES
El día en que Jessica, la hija de
seis años de una amiga, pasó su primera noche en casa de una
compañera, mi amiga se hallaba tan nerviosa como ella. Durante todo
el día había tratado de que Jessica no se diera cuenta de su
ansiedad pero, cuando estaba a punto de acostarse, sonó el timbre
del teléfono y mi amiga soltó de inmediato el cepillo de dientes y
corrió hacia el teléfono, con el corazón en un puño, mientras por
su mente desfilaba todo tipo de imágenes de Jessica en peligro.
«¡Jessica!» —dijo mi amiga,
descolgando bruscamente el teléfono. Y entonces escuchó la voz de
una mujer disculpándose por haberse equivocado de número. Ante
aquello, la madre de Jessica, recuperando de golpe la compostura,
replicó mesuradamente: « ¿Con qué número desea hablar?» El
hecho es que, mientras la amígdala prepara una reacción
ansiosa e impulsiva, otra parte del cerebro emocional se encarga de
elaborar una respuesta más adecuada. El regulador cerebral que
desconecta los impulsos de la amígdala parece encontrarse en el otro
extremo de una de las principales vías nerviosas que van al
neocórtex, en el lóbulo prefrontal, que se halla inmediatamente
detrás de la frente. El córtex prefrontal parece ponerse en
funcionamiento cuando alguien tiene miedo o está enojado pero sofoca
o controla el sentimiento para afrontar de un modo más eficaz la
situación presente o cuando una evaluación posterior exige una
respuesta completamente diferente, como ocurrió en el caso de mi
amiga. De este modo, el área prefrontal constituye una especie de
modulador de las respuestas proporcionadas por la amígdala y otras
regiones del sistema límbico, permitiendo la emisión de una
respuesta más analítica y proporcionada.
Habitualmente, las áreas prefrontales
gobiernan nuestras reacciones emocionales. Recordemos que el camino
nervioso más largo de los que sigue la información sensorial
procedente del tálamo, no va a la amígdala sino al neocórtex y a
sus muchos centros para asumir y dar sentido a lo que se percibe. Y
esa información y nuestra respuesta correspondiente las coordinan
los lobulos prefrontales, la sede de la planificación y de la
organización de acciones tendentes a un objetivo determinado,
incluyendo las acciones emocionales. En el neocórtex, una
serie de circuitos registra y analiza esta información, la comprende
y organiza gracias a los lóbulos prefrontales, y si, a lo largo de
ese proceso, se requiere una respuesta emocional, es el lóbulo
prefrontal quien la dicta, trabajando en equipo con la amígdala y
otros circuitos del cerebro emocional.
Este suele ser el proceso normal de
elaboración de una respuesta, un proceso que —con la sola
excepción de las urgencias emocionales— tiene en cuenta el
discernimiento. Así pues, cuando una emoción se dispara, los
lóbulos prefrontales ponderan los riesgos y los
beneficios de las diversas acciones posibles y apuestan por la que
consideran más adecuada. Cuándo atacar y cuándo huir, en el caso
de los animales, y cuándo atacar, cuándo huir, y también cuándo
tranquilizar, cuándo disuadir, cuándo buscar la simpatía de los
demás, cuándo permanecer a la defensiva, cuándo despertar el
sentimiento de culpa, cuándo quejarse, cuándo alardear, cuándo
despreciar, etcétera —mediante todo nuestro amplio repertorio de
artificios emocionales— en el caso de los seres humanos.
El tiempo cerebral invertido en la
respuesta neocortical es mayor que el que requiere el mecanismo del
secuestro emocional porque las vías nerviosas implicadas son más
largas... pero no debemos olvidar que también se trata de una
respuesta más juiciosa y más considerada porque, en este caso, el
pensamiento precede al sentimiento. El neocórtex es el responsable
de que nos entristezcamos cuando experimentamos una pérdida, de que
nos alegremos después de haber conseguido algo que considerábamos
importante o de que nos sintamos dolidos o encolerizados por lo que
alguien nos ha dicho o nos ha hecho.
Del mismo modo que sucede con la
amígdala, sin el concurso de los lóbulos prefrontales
gran parte de nuestra vida emocional desaparecería
porque sin comprensión de que algo merece una respuesta emocional,
no hay respuesta emocional alguna. Desde la aparición (en la década
de los cuarenta) de la tristemente famosa «cura» quirúrgica de la
enfermedad mental —la lobotomía prefrontal, una operación que
consistía en seccionar las conexiones existentes entre el córtex
prefrontal y el cerebro inferior o en extirpar parcialmente (con
frecuencia de un modo bastante torpe)
una parte de los lóbulos
prefrontales— los neurólogos han sospechado que éstos desempeñan
un importante papel en la vida emocional. En aquella época, anterior
a la aparición de una medicación eficaz para el tratamiento de la
enfermedad mental, la lobotomía era aclamada como el tratamiento
para resolver los problemas mentales más graves: ¡corta los
vínculos entre los lóbulos prefrontales y el resto del
cerebro y «liberarás» al paciente de su trastorno!... sin embargo,
la eliminación de conexiones nerviosas clave terminaba también, por
desgracia, «liberando» al paciente de su vida emocional, porque se
había destruido su circuito maestro.
El secuestro emocional parece
implicar dos dinámicas distintas: la activación de la amígdala y
el fracaso en activar los procesos neocorticales que suelen mantener
equilibradas nuestras respuestas emocionales. En esos momentos, la
mente racional se ve desbordada por la mente emocional y lo mismo
ocurre con la función del córtex prefrontal como un gestor
eficaz de las emociones sopesando las reacciones antes de actuar y
amortiguando las señales de activación enviadas por la amígdala
y otros centros límbicos, como un padre que impide que su hijo se
comporte arrebatando todo lo que quiere y le enseña a pedirlo (o a
esperar).’ El interruptor que «apaga» la emoción perturbadora
parece hallarse en el lóbulo prefrontal izquierdo. Los
neurofisiólogos que han estudiado los estados de ánimo de pacientes
con lesiones en el lóbulo prefrontal han llegado a la conclusión de
que una de las funciones del lóbulo prefrontal izquierdo consiste en
actuar como una especie de termostato neural que regula las emociones
desagradables. Así pues, el lóbulo prefrontal derecho es la sede de
sentimientos negativos como el miedo y la agresividad. mientras que
el lóbulo prefrontal izquierdo los tiene a raya. muy probablemente
inhibiendo el lóbulo derecho. En un determinado estudio, por
ejemplo, los pacientes con lesiones en el córtex prefrontal
izquierdo eran proclives a experimentar miedos y preocupaciones
catastrofistas mientras que aquéllos otros con lesiones en el córtex
prefrontal derecho eran «desproporcionadamente joviales»,
bromeaban continuamente durante las pruebas neurológicas y estaban
tan despreocupados que no ponían el menor cuidado en lo que estaban
haciendo.
Éste fue precisamente el caso de un
marido feliz, un hombre al que se le había extirpado parcialmente el
lóbulo prefrontal derecho para eliminar una malformación cerebral,
una operación después de la cual había experimentado un auténtico
cambio de personalidad que le convirtió en una persona más amable y
—según dijo la mar de contenta su esposa a los médicos— más
afectiva. El lóbulo prefrontal izquierdo, en suma, parece formar
parte de un circuito que se encarga de desconectar—O, al menos, de
atenuar parcialmente— los impulsos emocionales más negativos. Así
pues, si la amígdala constituye una especie de señal de alarma, el
lóbulo prefrontal izquierdo, por su parte, parece ser el interruptor
que «desconecta» las emociones más perturbadoras, como si la
amígdala propusiera y el lóbulo prefrontal dispusiera. De este
modo, las conexiones nerviosas existentes entre el córtex prefrontal
y el sistema límbico no sólo resultan esenciales para llevar a cabo
un ajuste fino de las emociones sino que también lo son para
ayudamos a navegar a través de las decisiones vitales más
importantes.
ARMONIZANDO LA EMOCIÓN Y EL PENSAMIENTO
Las conexiones existentes entre la
amígdala (y las estructuras límbicas relacionadas con ella)
y el neocórtex constituyen el centro de gravedad de las
luchas y de los tratados de cooperación existentes entre el corazón
y la cabeza, entre los pensamientos y los sentimientos. Esta
vía nerviosa, en suma, explicaría el motivo por el cual la emoción
es algo tan fundamental para pensar eficazmente, tanto para tomar
decisiones inteligentes como para permitimos simplemente pensar con
claridad.
Consideremos el poder de las emociones
para obstaculizar el pensamiento mismo. Los neurocientíficos
utilizan el término «memoria de trabajo» para referirse a
la capacidad de la atención para mantener en la mente los datos
esenciales para el desempeño de una determinada tarea o problema (ya
sea para descubrir los rasgos ideales que uno busca en una casa
mientras hojea folletos de inmobiliarias como para considerar los
elementos que intervienen en una de las pruebas de un test de
razonamiento). La corteza prefrontal es la región del cerebro
que se encarga de la memoria de trabajo. Pero, como acabamos
de ver, existe una importante vía nerviosa que conecta los lóbulos
prefrontales con el sistema límbico, lo cual significa que las
señales de las emociones intensas —ansiedad, cólera y similares—
pueden ocasionar parásitos neurales que saboteen la capacidad del
lóbulo prefrontal para mantener la memoria de trabajo. Éste es el
motivo por el cual, cuando estamos emocionalmente perturbados,
solemos decir que «no puedo pensar bien» y también permite
explicar por qué la tensión emocional prolongada puede obstaculizar
las facultades intelectuales del niño y dificultar así su capacidad
de aprendizaje.
Estos déficit no los registra siempre
los tests que miden el CI, aunque pueden ser determinados por
análisis neuropsicológicos más precisos y colegidos de la continua
agitación e impulsividad del niño. En un estudio llevado a cabo con
alumnos de escuelas primarias que, a pesar de tener un CI por encima
de la media, mostraban un pobre rendimiento académico, las pruebas
neuropsicológicas determinaron claramente la presencia de un
desequilibrio en el funcionamiento de la corteza frontal. Se trataba
de niños impulsivos y ansiosos, a menudo desorganizados y
problemáticos, que parecían tener un escaso control prefrontal
sobre sus impulsos límbicos. Este tipo de niños presenta un elevado
riesgo de problemas de fracaso escolar, alcoholismo y delincuencia,
pero no tanto porque su potencial intelectual sea bajo sino porque su
control sobre su vida emocional se halla severamente restringido. El
cerebro emocional, completamente separado de aquellas regiones del
cerebro cuantificadas por las pruebas corrientes del Cl, controla
igualmente la rabia y la compasión. Se trata de circuitos
emocionales que son esculpidos por la experiencia a lo largo de toda
la infancia y que no deberíamos dejar completamente en manos del
azar.
También hay que tener en cuenta el
papel que desempeñan las emociones hasta en las decisiones más
«racionales». En su intento de comprensión de la vida mental, el
doctor Antonio Damasio, un neurólogo de la Facultad de Medicina de
la Universidad de Iowa, ha llevado a cabo un meticuloso estudio de
los daños que presentan aquellos pacientes que tienen lesionadas las
conexiones existentes entre la amígdala y el lóbulo prefrontal. En
tales pacientes, el proceso de toma de decisiones se encuentra muy
deteriorado aunque no presenten el menor menoscabo de su CI o de
cualquier otro tipo de habilidades cognitivas. Pero, a pesar de que
sus capacidades intelectuales permanezcan intactas, sus decisiones
laborales y personales son desastrosas e incluso pueden obsesionarse
con algo tan nimio como concertar una cita.
Según el doctor Damasio, el proceso
de toma de decisiones de estas personas se halla deteriorado porque
han perdido el acceso a su aprendizaje emocional. En este
sentido. el circuito de la amígdala prefrontal constituye una
encrucijada entre el pensamiento y la emoción, una puerta de acceso
a los gustos y disgustos que el sujeto ha adquirido en el curso de la
vida. Separadas de la memoria emocional de la amígdala, las
valoraciones realizadas por el neocórtex dejan de desencadenar las
reacciones emocionales que se le asociaron en el pasado y todo asume
una gris neutralidad. En tal caso, cualquier estímulo, ya se trate
de un animal favorito o de una persona detestable, deja de despertar
atracción o rechazo; esos pacientes han «olvidado» todo
aprendizaje emocional porque han perdido el acceso al lugar en el que
éste se asienta, la amígdala.
Estas averiguaciones condujeron al
doctor Damasio a la conclusión contraintuitiva de que los
sentimientos son indispensables para la toma racional de decisiones,
porque nos orientan en la dirección adecuada para sacar el mejor
provecho a las posibilidades que nos ofrece la fría lógica.
Mientras que el mundo suele presentarnos un desbordante despliegue de
posibilidades (¿En qué debería invertir los ahorros de mi
jubilación? ¿Con quién debería casarme?), el aprendizaje
emocional que la vida nos ha proporcionado nos ayuda a eliminar
ciertas opciones y a destacar otras. Es así cómo —arguye el
doctor Damasio— el cerebro emocional se halla tan implicado en el
razonamiento como lo está el cerebro pensante.
Las emociones, pues, son importantes
para el ejercicio de la razón. En la danza entre el sentir y el
pensar, la emoción guía nuestras decisiones instante tras instante,
trabajando mano a mano con la mente racional y capacitando —o
incapacitando— al pensamiento mismo. Y del mismo modo, el cerebro
pensante desempeña un papel fundamental en nuestras emociones,
exceptuando aquellos momentos en los que las emociones se desbordan y
el cerebro emocional asume por completo el control de la situación.
En cierto modo, tenemos dos cerebros y
dos clases diferentes de inteligencia: la inteligencia racional
y la inteligencia emocional y nuestro funcionamiento en la
vida está determinado por ambos. Por ello no es el CI lo único que
debemos tener en cuenta, sino que también deberemos considerar la
inteligencia emocional. De hecho, el intelecto no puede funcionar
adecuadamente sin el concurso de la inteligencia emocional, y la
adecuada complementación entre el sistema límbico y el neocórtex,
entre la amígdala y los lóbulos prefrontales, exige la
participación armónica entre ambos. Sólo entonces podremos hablar
con propiedad de inteligencia emocional y de capacidad intelectual.
Esto vuelve a poner sobre el tapete el
viejo problema de la contradicción existente entre la razón
y el sentimiento. No es que nosotros pretendamos eliminar la
emoción y poner la razón en su lugar —como quería Erasmo-, sino
que nuestra intención es la de descubrir el modo inteligente de
armonizar ambas funciones. El viejo paradigma proponía un ideal de
razón liberada de los impulsos de la emoción, El nuevo paradigma,
por su parte, propone armonizar la cabeza y el corazón. Pero, para
llevar a cabo adecuadamente esta tarea, deberemos comprender con más
claridad lo que significa utilizar inteligentemente las emociones.